Resarcir el Daño

Autor: José Manuel Guzmán Godos
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A veces, nos toca de manera consciente o totalmente inconsciente, provocar pérdida económica, dolor físico o emocional, a personas que nos rodean o a personas desconocidas. No basta con reconocer la falta, ofrecer disculpas y retirarse. Es preciso resarcir el daño.

Nos movemos en una cultura de: “Tú tienes la culpa”, “Yo no fui”, “que se joda”, “Que se *ingue, yo no le pago nada”, “Cada quién su golpe”, “El se lo buscó”, Etc. Muchas frases que denotan que nos cuesta trabajo reconocer nuestros errores y mucho más compensar de algún modo el daño que hayamos generado.

Hay personas que me dicen: “La justicia no existe” quienes esto comentan infieren que, siempre, la justicia debe de venir de afuera… alguien la tiene que aplicar en mi favor. A nadie o casi nadie se le ocurre pensar que la justicia, para que esté viva, debe de estar presente en las mentes y los corazones de toda persona consciente y educada, y que para que exista, debe ser una conducta de dos vías, no sólo de una.

Para ejemplificar, comentaré algunos casos de daños que ocurren y las posibles maneras de resarcirlo, no sin antes reconocerlo de buena fe y ofrecer disculpas.

Tu perro muerde a un niño. Hacerse cargo de la atención médica y la curación del niño hasta que esté normal. Asegurarles a los padres por medio de un análisis veterinario de que el perro no tiene ninguna enfermedad contagiosa. Extremar precauciones y constatar que el perro no es un peligro para las personas.

Das un golpe al coche que está en frente del tuyo. Constatar que el otro conductor esté bien, llamar al seguro o al hojalatero para cotizar la reparación y pagar el golpe (obviamente después de deslindar las responsabilidades).

Como profesor, das una calificación incorrecta. Al reclamo, revisas, te disculpas y otorgas la calificación correcta.

El esposo olvida su aniversario de bodas. Cuando se entera, (porque se va a enterar) lo reconoce, arma una celebración en honor a su esposa y encuentra la manera de no volver a olvidarlo jamás.

Un niño rompe un vidrio de un pelotazo. Los padres hablan con el casero agraviado, llaman al vidriero y cubren el desperfecto.

Un amigo saca a otro de un apuro económico. Lo agradece. Paga religiosamente el día en que quedó de pagar e invita al amigo una buena comida o un detalle extra.

Una persona ensucia el traje de otra. Se lo solicita, lo manda a la tintorería y se lo regresa. O le compra un equivalente.

Rompes el perfume de una amiga. Solicitas la marca, lo compras y lo repones.

Manchas el piso de un ama de casa que acaba de limpiar. Te disculpas y lo limpias o lo mandas limpiar. Si no quiere algún día cercano le envías unos chocolates.

Tomas una mala decisión y dañas a un tercero. Te disculpas y lo compensas con algo que necesite.

Abandonas a alguien cuando esperaba tu apoyo. Lo escuchas, te disculpas. Reparas apoyando en algo que la persona necesita… de principio a fin.

Te toca cocinar y se te quema la comida. Te los llevas a comer a la fonda de la esquina.

Estos son sólo algunas situaciones en las que se puede resarcir el daño. La clave es identificar si quedamos a deber o si por alguna razón incurrimos en un hecho en dónde hubo daño a alguna persona.

Sé que esta sugerencia incomodará a algunos de mis lectores y tal vez hasta nos acusarán de ingenuos al sugerir resarcir el daño. Créanme, la criminalidad abusa porque miles de delitos quedan sin castigo, la ley de compensación comienza en casa, con los casos pequeños de justicia. Muchas personas inocentes, se convierten en delincuentes cuando se sienten víctimas de injusticia.

Con la compensación correctamente aplicada, consciente y objetivamente aplicada en todos los pequeños actos de deuda, también estaremos contribuyendo al respeto a las leyes y a la disminución de potenciales delincuentes si no se sienten debidamente tratados y compensados cuando sean víctimas de daños recibidos.

Saludos Cordiales.

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